Paso a paso, siempre se llega

Érase una vez un niño de 11 años a quién hacía no mucho se le había muerto el padre, momento en el que su vida se paró en seco y su carácter cambió para siempre.

Lo dejo todo, comenzó a sacar malas notas en el colegio y se volvió rebelde y contestatario.

Fin de semana sí fin de semana también, era castigado por su madre a quedarse en casa sin salir por haber hecho “alguna de las suyas en el colegio”.

Pero, no hay mal que por bien no venga. En uno de esos tediosos fines de semana estaba nuestro protagonista solo en una de las habitaciones de la casa que hacía las veces de segundo salón. Estaba mirando al techo, con la vista “ida” cuando de repente miró hacia abajo con indiferencia y vio algo que había visto millones de veces. ¿Qué era? Era una papelera cilíndrica, metálica y de color blanco. Sí, la había visto muchas veces pero en ese momento, un objeto tan simple, cobró un sentido especial. Sin ser dueño de sus actos, se levantó y sintió la necesidad imperiosa de comprobar algo. Salió de la habitación, fue a la despensa y regreso al salón “de diario” con una pelota de plástico con dibujos de círculos de diversos colores impresos en él. Se acercó temeroso a la papelera y con sumo cuidado introdujo el balón en la misma comprobando que entraba con cierta holgura. En ese momento y con esa acción tan simple cambio su vida. En ese momento decidió que quería ser jugador de baloncesto. Es importante decir que este niño jamás, hasta entonces, había lanzado un tiro a una canasta de verdad. Lo que demuestra que, cualquiera puede dedicarse a lo que quiera.

A partir de aquel día, aquella habitación, la papelera y su balón fueron su “habitat”, y los fines de semana pasaron de ser tediosos a divertidos.

El niño colocaba la papelera a modo de canasta en diversos sitios de la habitación y se imaginaba partidos pasándose a sí mismo (llevaba en un cuaderno las estadísticas de tiros lanzados y fallados de todos los partidos) y lanzando de todas las maneras, y de todos los lugares, imaginables.

A veces colocaba la canasta apoyada en las cortinas, para poder lanzar con más fuerza, simulando el tiro “al tablero”, y que la pelota amortiguada por las cortinas, cayese mansamente en la canasta.

Lo había visto infinidad de veces a los profesionales en televisión. ¡Tenía que funcionar!

Lo intentó y…¡ya lo creo que funcionó!

Un día los castigos terminaron y pudo salir los fines de semana.

Los sábados se levantaba a las 7.30, cogía “su” balón, “tomado en préstamo” del colegio e iba al Estadio para comprobar, en las canastas de “mini basket”, si le había servido de algo todo lo que había entrenado.

Los primeros tiros no llegaron al aro con la acostumbrada precisión (no pesa lo mismo una pelota de plástico que un balón reglamentario) pero fue cuestión de calibrar un poco la muñeca. Meterla, ¡qué sensación más maravillosa!

Desde aquel día, aprovechaba cualquier tiempo muerto, cualquier canasta que se encontrase en su camino para ejercitarse.

Además había leído que una de las figuras más increíbles en el manejo del balón que han existido, “Pistol” Pete Maravich, iba votando el balón desde su casa al colegio. Nuestro protagonista comenzó a hacer lo mismo por la calle. Desde entonces, y ya para siempre en su vida, fue tachado de loco pero, ¿pensáis que le importaba? ¡En absoluto! Él, paso a paso, seguía adelante.

Cada vez que desees algo con fuerza recuerda que, paso a paso, con intención, disciplina, perseverancia, jugando, afán de superación, teniendo claro el objetivo, se llega siempre.

Imagina, piensa, crea, y actúa.

Aquel niño se le caía la baba viendo e imitando todos los movimientos de su ídolo (Juan Antonio Corbalán) en la televisión.  Quién le iba a decir a ese niño que comenzó lanzando un balón de plástico a una papelera metálica en el salón de su casa que un mes de septiembre de 1.983, día de su debut en primera división (16 años) se iba a enfrentar en carne y hueso a su ídolo.

Todo lo que imagines se puede conseguir.

¡Ojo con lo que imaginas!

Paso a paso SIEMPRE se llega.

Abrazo de oso para todos. Aitor Zárate.

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Comentarios (1)

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    Martín Díez Ochoa

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    Aitor, siempre tienes palabras de aliento, gracias.

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